Hace una semana mi teléfono, un iPhone, me dejaba un aviso en la pantalla; tenía pendiente de ver un video recuerdo de las fotos que contiene la librería de éste. Esas cosas curiosas que hace él solo y que entretienen mucho, que no me importa ver una y otra vez porque me gustan, porque al uso refresca recuerdos bonitos, porque según los señores de Apple en el teléfono ahora llevamos lo que más nos importa y te lo recuerdan desde su aplicación Foto, tal y como hacíamos hace ya más de tres décadas con las fotos de nuestros seres más queridos, que era llevarlas en la cartera, un lugar donde poder verlas y mostrarlas, gesto en este momento casi extingo. Las Redes Sociales han dado paso a ese escaparate del pasen y vean nuestros amigos, familia y a nosotros mismos, y la cartera ha sido casi sustituida plenamente por el Smart Phone.
Pues en esta nueva forma de mostrar lo que tanto nos gusta, me encuentro yo, en consonancia con este tiempo en los que uno hace de su perfil de cualquier red social un estado público para mostrar sin vergüenza ni tapujos lo que creo que no ofende a nadie y desde mi mayor respeto a la comunidad global, publico contenido que puede ser agradable y bonito para los demás como lo es para mi.
Después de ojear varias veces el video creado por iPhone, emocionado por el contenido decido compartirlo en Facebook, y… zascaa!! A los segundos de subir la publicación me encuentro un mensaje dictador que me informa de que el contenido del video infringe las normas comunitarias y que como padre a un hijo en una reprimenda por algo mal hecho, la plataforma Facebook me impone un castigo: no poder publicar durante siete días con sus respectivas siete noches. Como no soy conformista y creo firmemente que es un castigo injusto y desmedido, pido que revisen el contenido nuevamente, la respuesta es cruel e inapelable, no es no.